viernes, 6 de abril de 2012

Concurso

A los pocos lectores que tiene este blog, vengo a pedirles una mano. Me he presentado a un concurso de microrrelatos, y el ganador se nombra bajo votación del público. Es un certamen medio politico, medio choto la verdad... jeje
Mi relato de llama EL CAMBIO
Desde ya muchas gracias.

http://www.esquerraunidaelx.es/2012/04/06/i-certamen-de-microrrelatos-por-la-republica/

lunes, 5 de marzo de 2012

Las astas del escritor

Era una tarde insulsa como casi todas las demás. Acababa de comerme una tortilla de papa con agua del grifo. Por la ventana de mi cuarto entraba la luz grisácea de la lluvia. En la radio sonaba una canción que decía que los rayos de sol no estaban hechos para personas como yo. Había paz en el ambiente. El día anterior me habían despedido del trabajo por llegar tarde en repetidas ocasiones; yo era un trabajador muy capaz pero tenía que comprometerme con la causa, eso había dicho el patrón. Sinceramente, la noticia me hizo sentir aliviado, libre. Convertirme en escritor era mi única razón de ser. No era una empresa fácil, sino todo lo contrario. Se necesitaba mucho tiempo, empeño y talento sobre todo. Triunfar como literato era una utopía solitaria, esquiva, pero valía la pena intentarlo.
Llevaba días escribiendo la historia de un hombre neandertal, cuya hembra madre de sus hijos, se escapaba con un homo sapiens, el cual era mejor cazador y tenía el miembro viril más grande. Tenía pensado llamarla: “La evolución del mono moderno”. Escribía un rato por la tarde y otro tanto por la noche. Sin embargo, hacía unos días la inspiración había desaparecido. Me sentaba frente a la hoja en blanco y solo salían frases forzadas, carentes de magia y profundidad.
Estaba pasando por una etapa en que la mayor parte del tiempo la pasaba en soledad. Recibía la visita esporádica de mi amigo Juan, quien poco tiempo atrás había roto con su novia y solía venir a casa para hablar sobre eso y otros asuntos. Él también era escritor. Teníamos diferentes estilos, el era directo y contundente, yo poético y ficticio. A pesar de esto, él criticaba mis trabajos y yo los de él. Era una forma de nutrirnos, e inconcientemente, provocaba el estimulo de competición.
Como dije, era una tarde lluviosa. Me preparé un café y me senté en la computadora a escribir sobre la noche en que la hembra infiel se perdía en el bosque con su nuevo protector. Nada bueno salió. Solo unas inermes frases que parecían jeroglíficos. Suprimí. Terminé el café y me entraron ganas de cagar. Me senté en el cagadero y lo dejé salir. El culo no tenía problemas de inspiración…
Sonó el timbre.
-¡¿Quién es?!- grité desde el baño.
No hubo respuesta. El timbre sonó otra vez.
Me limpié apresurado y fui hacia la puerta. Abrí.
-¿Lucas Martínez?- preguntó la dama debajo del paraguas.
-Soy yo.
-Me han dicho que necesitas un poco de inspiración.- dijo adentrándose en mi hogar ante mi atónita mirada.
-¿Ah si?
-Vengo a ofrecerte mis servicios de musa particular.
Apoyó el paraguas contra la pared. Sus brazos eran semejantes a un conjunto de ramas llenas de hojas, siendo agitadas por los vientos de la primavera. Tenía ojos claros y labios gráciles. Su voz escondía la promesa de una noche fantástica.
Se sentó en el sillón del living. Cruzó sus piernas y me miró infantilmente.
-Si querías conocerme… has usado la coartada perfecta. ¿Quién te ha dicho que soy escritor? No es algo que yo diga muy a menudo.
-¿Aceptas?
-Acepto- respondí.
-Ven, siéntate a mí lado.
Obedecí. Me acarició la nuca y comenzó a besarme. Sabía a dulces uvas.
-¿No prefieres llevarme a tu cama?- preguntó con los ojos cerrados.
La llevé a mi cama. Hicimos el amor como olas deslizándose en arena.
Cuando terminamos me pidió un cigarro.
-Dime Lucas ¿Sobre que escribes?- preguntó mientras lo encendía.
-Es una pregunta difícil. Nunca hay un tema en particular. Me decanto por tramas bastante simples. Me gustan temas como la insatisfacción existencial, la antropología, algunas fábulas amistosas, el deporte, el amor. No lo sé. Escribo sobre cosas que se me ocurren en momentos inesperados principalmente.
-Tal vez ese es tu problema. No escribir sobre nada en particular.
-¿Te parece?- indagué interesado.
-Es solo un comentario. No hay recetas cien por ciento eficaces en el campo de la literatura.
-Eso mismo creo yo.
Apagó el cigarro y apoyó su cabeza en mi pecho.
-¿Cómo te llamas?
-¿Cómo quieres que me llame?
-No sé. Tu nombre verdadero me alcanza.
-Puedes llamarme… Musi.
-¿Musi? No creo que así te llames.
No respondió. No creí útil indagar en el tema, me ofrecía su amor e inspiración gratuita. Si quería llamarse Musi, por mí estaba bien.
Nos quedamos un rato así, sin decir nada, sintiendo uno la respiración del otro.
-¿Quieres que me quede contigo esta noche?- propuso al rato.
-Claro.
Sonrió. Pude apreciar su fresca sonrisa con más detalle. Nunca antes había compartido mi cama con una mujer tan bella. De sus movimientos fluían candidez y lozanía. Deduje (sin mucho esfuerzo), que en cuestión de horas estaría perdidamente enamorado de ella.
-¿Puedo darme una ducha rápida?
Asentí.
Caminé descalzo por la casa. Miré por la ventana: el mundo siempre tenía una velocidad diferente a la mía. El ruido del agua cayendo en el cuerpo de Musi me hipnotizó unos segundos. Volví a la computadora, quería probar como era el asunto de tener una musa particular. Leí los dos últimos párrafos que había escrito, el neandertal dormía, la mujer se desenvolvía de sus brazos y escapaba en puntas de pies. El homo sapiens la esperaba en la orilla del lago. Hasta ahí había llegado. Y hasta ahí llegué.
-Musi -dije tocando la puerta del baño.-, la inspiración no aparece, me parece que me estás chantajeando.
-No te apresures, ya verás como todo sale a su debido tiempo.
-Ok.
Me tiré en la cama un poco defraudado. La pintura del techo estaba comida por los hongos. Me di la vuelta, apoyé la cara en la almohada y cerré los ojos. Pude sentir la fragancia celestial de su sudor, mientras ella se ponía a tararear debajo de la ducha. Sentí un cosquilleo en el diafragma. Me hundí en el colchón y dejé de sentir el cuerpo, mi existencia se deslizó hacia el discurso que mis pensamientos transitaban. Y entonces, como un huevo que se abre, dando vida a una espantosa criatura, nació la idea. Los reyes magos. Tres hermanos salidos de un barrio pobre. Hijos de una prostituta, el menor de ellos negro. Los vecinos del barrio gritarían: “Abran paso, allí vienen los reyes magos”. Y ellos llegarían corriendo con grandes bolsas a sus espaldas, para pronto esconderse en algún rincón de los suburbios. Luego repartirían el botín entre los niños más necesitados. Era un buen comienzo, luego ya le iría dando forma. Mediante algún suceso extraño, la vida les separaría y daría diferentes rumbos. Con el paso del tiempo se volverían a encontrar bajo inesperadas circunstancias.
Salí corriendo hacía la computadora. Musi salía del baño secándose la cabeza.
-Te amo Musi.- le dije besándole la boca.
Las frases cayeron como lluvia en el mar y se esparcieron por toda la habitación. Escribí durante un par de horas. Musi me esperó cantando una canción de cuna en la otra habitación. Luego, preparé un poco de estofado y abrí una botella de vino tinto. Comimos y nos acostamos. La abracé. Sin lugar a dudas, estaba perdidamente enamorado de ella.



El teléfono de casa estaba sonando.
-Hola.
-¡Lucas!- exclamó Juan-, ¿vas a estar en tu casa de tarde?
Observé a Musi: yacía semidormida en el sillón del living, envuelta en una manta blanca.
-Tengo que ir a hacer unos trámites y después voy a pasar a visitar a mi madre, que hace tiempo no la veo.
-Bueno, pensaba pasarme por ahí a charlar un rato. Conseguí un libro que te va a encantar. ¿Estás escribiendo algo? Yo hace más de dos semanas que no me sale nada.
- Si. Estoy escribiendo algo y creo que es bueno. Cuando lo termine se lo voy a enseñar a Verseri.
-¿Aquel editor que nos presentó el profesor de literatura?
-Ese mismo.
-Cuando le llevamos aquellos cuentos no nos dio mucha importancia.- recordó.
-Si, ya sé. Pero estoy escribiendo una novela que tiene lo suyo. Los cuentos son más difíciles de publicar.
-¿Y de que se trata?- preguntó curioso.
-Ya sabes que si te cuento antes de terminar… la magia se esfuma.
-Ok, ok. Avísame cuando estés libre y me doy una vuelta por tu casa.
-Dale.
-Un abrazo
-Otro.
No me gustaba mentirle a Juan, pero si venía, de seguro se quedaría un largo rato y mi novela tendría una tregua inoportuna.
Musi llevaba cuatro días viviendo en casa. Era una buena compañera de vivienda. Ambos éramos melómanos por naturaleza y nos divertíamos mucho en todo lo referente al sexo. Era una maníaca de la limpieza y el orden, gracias a ella mi casa tuvo una mutación notable, ya no era un chiquero de arañas y cuadros empolvados, la luz y el olor a jazmines se habían adueñado del hogar. Tenía una sola norma: al menos una ventana de la casa debía permanecer abierta. Argumentaba que, desde pequeña, cuando había problemas o se sentía agobiada, escapaba volando por la ventana.
La novela fluía, ¡y de que forma! Adjetivos simples y certeros, frases directas y poéticamente ensambladas, acción, tristeza, ironías, humor, tragedia, aventura. Me sentía como debió haberse sentido Beethoven al componer su novena sinfonía.
Al quinto día de nuestra convivencia vi que Musi llevaba puesto un vestido rojo, tenía los labios pintados y se estaba rociando un perfume nuevo que yo le había regalado.
-¿Vas a algún lado?- pregunté.
-Si Lucas, estoy aburrida. Voy a ir a dar un paseo por el centro.
-¿Vuelves en la noche?
-Si
Se fue dejándome un sabor amargo en la boca. Los reyes magos descansaron durante todo el día. Llegó a eso de las once de la noche, parecía cansada. Comimos algo, escuchamos música y nos dormimos.



El tiempo giraba como patines sobre hielo. Cada día que pasaba Musi estaba menos tiempo en casa. Salía luego de almorzar y volvía sobre la medianoche para acostarse en mi cama.
-¿Estás bien? ¿Precisas algo?- preguntaba yo.
-No amor, está todo bien- respondía ella.
No sentía que ella fuese imprescindible, sin embargo, me gustaba sentirla mía. En el fondo de mi corazón sabía que, de un día para otro, se iría de mi vida tan misteriosamente como había llegado. La novela seguía manando. No era un raudal incontenible, pero si al menos una gotera persistente.
Estuve llamando a Juan para pedirle el número telefónico del editor Verseri, pero durante varios días no atendió. Dejé de llamarlo.
La mugre en mi dormitorio comenzó a acumularse nuevamente. Había moscas y tierra seca en el suelo. Mi hogar volvía a verse como una cueva en penumbras.
Un domingo por la tarde, comenzó a llover con ímpetu, horas y horas de lluvia. Cerré todas las ventanas de la casa y estuve mirando largo rato el chisporroteo de las gotas en el cemento. El futuro que se avecinaba no contenía prosperidad ni ansias de grandeza, chorreaban en mi alma perecedera los matices borrosos de una infancia feliz, en donde los sueños galopaban fértiles por senderos inciertos y excitantes, y así, ensimismado en la constancia de una tormenta hermosa, pude ver como mi ser se diluía en el líquido que avanzaba por las calles, hasta perderse en los oscuros desagües de la ciudad.
Musi no regresó a casa nunca más. No tenía como encontrarla, no había teléfonos ni direcciones, solo el recuerdo sublime que envolvía su ser. Dejé de escribir. Perdí cualquier cultivo de esperanza que mi espíritu pudiese albergar. En su silenciosa despedida el mundo me había dado la espalda dejándome a merced del olvido.



Pasaron varias semanas. Me recompuse. Comencé a ir cada día al mar para escuchar el movimiento de las olas, un sonido tan dulce como lenitivo, semejante a un bálsamo, aplicado en una manta suave sobre las heridas debajo de la piel.
Conseguí trabajo como vendedor de seguros de vida. Consistía en llamar y visitar personas a punto de fallecer. Muy divertido. Pagaban medianamente bien y me dejaba la noche libre para perderme en mis asuntos.
Llegó la primavera y con ella la renovación de los seres. Las flores y las hembras relucían sus aromas, amantes que volvían a encontrarse, pájaros que cantaban escondidos en la ciudad.
Comencé a escribir poesías, me dediqué de lleno a ello. Pude ver a Musi en cada una de ellas, y además, noté extrañado, la presencia de nubes y tormentas en mis versos. Mi novela había quedado estancada, lo cual es un hecho trágico para cualquier creación literaria.
Hasta que, un día soleado, recibí la llamada de Juan.
-Hace mil años que no sé nada de vos Juan. ¿Dónde andabas?- pregunté contento al escuchar su voz amiga.- Te llamé unas cuantas veces pero nunca me atendiste.
-Anduve trabajando en el local de mi tía, la más gorda.
-Ah.
- Tengo una buena noticia que darte Lucas.
-A ver…
-Verseri me va a publicar un libro.
-¿En serio? ¡Bien Juan! ¡Buenísimo!- exclamé un poco celoso.
-Vamos a hacer una pequeña presentación en un local que alquilo Verseri. Este viernes. Te paso la dirección al mail porque ahora no me acuerdo.
-Espectacular. Me alegro de que triunfes Juan, sinceramente.
-Nos vemos el viernes.
.Dale. Un abrazo.
Al cortar me di cuenta de que no le había preguntado nada sobre el libro. Igualmente, en dos días lo sabría.



El viernes era un día nublado y fresco. Luego de bañarme me puse mi mejor traje y me empapé en perfume. Tenía la vana esperanza de encontrar una dama interesada en un escritor de perfil bajo como yo. Aunque sabía que, casi todas, preferían a los charlatanes pedantes.
El local era bastante humilde pero sobrepasaba, sin duda alguna, cualquier expectativa que Juan pudiese tener. Había, más o menos, cuarenta personas. Entre los presentes, que charlaban engreídamente, como si conocieran la verdad universal del ser humano, encontré a Verserí y fui directo a su encuentro.
-¿Cómo le va editor?-
-Bien… Lucas ¿verdad?
-Exacto. Tengo un trabajo que capaz le pueda interesar.
-Muy bien. Cuando esté listo tráemelo y ya veremos que podemos hacer.
-Ok- respondí satisfecho.
En una esquina, una mujer rubia servía bebidas a todos los presentes.
-Dígame Verseri. ¿Qué le parece el trabajo de mi amigo?
Observó mansamente su vaso de whisky escosés y luego respondió:
-Te voy a decir la verdad Lucas. Los cuentos que me enseñaron, Juan y tú, el año pasado, me parecieron, perdón por ser tan franco, una reverenda mierda.
-Ajá.
-Hace dos semanas Juan llegó entusiasmadísimo con esta nueva “novela”. Al principio intenté deshacerme de él rápidamente. Pero no pude. Me dijo que hasta que no la leyera no se iría de mi despacho. Imagínate Lucas, no hay nada peor para un editor que tener que soportar las locuras de un escritor porfiado.
-Me imagino Verseri.
Odiaba ver su sonrisa jactanciosa, sin embargo, le seguí la corriente con la poca hipocresía que mi ser era capaz de ofrecer.
-Lo vi tan decidido y obstinado, que me vi obligado a mostrar un mínimo de interés en el asunto. Comencé a leer. Y para mi sorpresa, cada página fue más intrigante que la anterior. Fue un descubrimiento inesperado. Me encontré con una obra soberbia.- tomó otro sorbo de escosés, sus ojos perdidos delataban su estado de ebriedad.- Oro en el basurero diría mi mentor, jeje.
-Bueno editor, espero que tengan buenas ganancias. Que le vaya bien.
-Igualmente escritor, y no te olvides, cuando tengas terminado ese trabajito, me lo traes y le echamos una ojeada.- dijo sentenciando la conversación, con un leve y disoluto levantamiento de cejas.
Me adentré en el local hasta conseguir que la chica rubia me sirviese un vaso de whisky. Bebí, era bueno. En otra esquina, Juan era rodeado por voces y miradas curiosas.
-Juan.- dije tocándole el hombro.
-¡Lucas!- exclamó abrazándome.
-¿Quién lo hubiera dicho? Juan Telechea haciendo la presentación de su novela.
-La vida da sorpresas…
Las personas alrededor nos dejaron solos.
-¿Dónde está el recién nacido?-
-Los ejemplares están en aquella mesa.- respondió señalando con el dedo.
Fui hasta la mesa. Agarré uno. Era una buena edición de tapa blanda. En la portada, había una fotografía de tres niños pobres sentados en una calle gris. Se titulaba Los Reyes Magos.
Lo abrí. Tenía dedicatoria.
Para la dama en la ventana,
sin ella no hubiese sido posible.
Avancé de página.
Capítulo I
-¡Abran paso! ¡Allí vienen los reyes magos!- gritaron los vecinos del suburbio.
Los tres jóvenes corrían subiendo la cuesta. Grandes bolsas a sus espaldas. Más allá, las sirenas de los coches policiales sonaban ansiosas.
Dos piedras cayeron sobre un coche, obligándolo a detenerse. Los tres jóvenes se adentraron en un rancho humilde. Estaban a salvo.
Martín, José y Jean eran hijos de una prostituta…
Cerré el libro y lo dejé sobre la mesa.
Eché una mirada alrededor. Todos parecían contentos y ocupados en excelsas cuestiones. Abandoné el lugar.
Las calles grises me vieron desfilar con desolación. En el cielo, enormes nubes negras avecinaban la tempestad. Emprendí el regreso a casa. Comenzó a llover.
Al doblar una esquina observé como dos niños, que disputaban un partido de fútbol con otros tantos, comenzaban una riña a golpes. Los demás hicieron una ronda alrededor de ellos. Un golpe tras otro. Parecían felices.
Continué mi caminata hasta perderme en algún rincón mojado de la ciudad.

lunes, 20 de febrero de 2012

Empate a la eternidad

Ese día mi padre me despertó un poco más temprano de lo habitual. Hacía frío. Mi madre nos preparó café con leche y pan con manteca. La radio sonaba con interferencia.
-Lucas. ¿Te acordás que hoy vamos a ver a Peñarol?
-Claro papá.
-Mi padre también me llevó a ver a Peñarol cuando tenía tu misma edad. Un partido por la copa Libertadores, le ganamos uno a cero al Guaraní de Paraguay. Un veintiséis de Abril del setenta. Todavía tengo guardada la entrada en algún lado. Un partidazo. Alberto “El Negro” Spencer hizo un golazo de volea. En el ángulo. ¡Que jugador! - sus ojos brillaban, todas sus tristezas quedaron escondidas detrás de la anécdota.- Hoy es contra los brasileros, hay que ganarles. ¿Vas a cantar mucho Lucas?
-Si papá.
-Dejalo que coma tranquilo Rodolfo. Recién se levanta el chiquilín.- ordenó mi madre.
Era la primera vez que iría al estadio. Tenía ocho años. Éramos muy pobres, mi padre trabajaba de jardinero en casas de personas pudientes y mi madre estaba sin empleo y tenía que cuidarme. Ir al estadio era un lujo, mi padre había estado ahorrando durante varios días para poder llevarme. Hacía mucho tiempo que no lo veía tan entusiasmado.
Agarró sus herramientas, nos dio un beso en la frente y se fue. Aún recuerdo su pulóver azul agujereado alejándose en la bicicleta vieja.
Caminamos hasta la escuela, mi madre y yo. Apenas entré a clase me saqué todo el abrigo que llevaba.
La maestra dio una clase sobre los mayas. Explicó que habían sido capaces de crear una gran civilización basada en el estudio del sol, una agricultura organizada y una religión muy compleja e intrigante. Cientos de años habían prosperado y conquistado grandes extensiones de tierra, y luego, por razones que no se conocen, desaparecieron dejando sus ciudades vacías, en perfecto estado. Recuerdo que, durante todo el día, en mi cabeza rondó la imagen de hombres desnudos siendo asesinados como ofrenda a sedientos dioses.
Al mediodía nos pusieron, como cada jornada, en el comedor y nos sirvieron. No tenía mucha hambre, dejé más de la mitad del plato. No solía dejar comida en el plato. Supuse que eran los nervios por el partido de Peñarol. Les conté a todos mis amigos.
-¿Y a que tribuna te lleva tu padre? ¿Contra quién jugamos? ¿Juega el loco Acosta? – preguntaron ellos.
-A la Ámsterdam. Contra unos brasileros, no sé como se llama el equipo. El loco juega.- respondí, diciendo que sí a esto último sin saber quien era el loco Acosta.
Luego de comer nos dejaron salir al recreo. Jugamos un partido contra compañeros del otro grupo. Perdimos, yo no tuve una buena actuación. Nuevamente en clase, la maestra nos colocó algunos problemas matemáticos que fueron fáciles de resolver.
Se fue la gris y fría tarde. Sonó la campana y salimos alborotados a las calles. Mi madre me esperaba con los ojos llorosos. Me abrazo fuerte y rompió en llanto.
-¿Qué pasa mamá?- le pregunté echándome a llorar yo también.
-Lucas… papá.
-¿Qué le pasa a papá mamá?
-Un hombre lo atropelló.
Me subió a un taxi y fuimos al hospital. Me contó que luego de cortar el césped en la casa de un cliente habitual, mi padre se dirigía hacia la casa de otro cliente cuando un Opel negro lo atropelló. Le pregunté si papá se pondría bien. Me dijo que no sabía, pero supe que mentía.
En el hospital estaba mi tío. También me abrazó con fuerza. Luego nos sentamos y quedamos en silencio, escuchando la nariz mocosa de mi madre ahogada en llantos. Al rato mi tío dijo:
-Estuve en la comisaría. El tipo dijo que estaba llegando tarde al trabajo y por eso cruzó con roja y que a Rodolfo ni lo vio. Parecía un buen tipo.
Un viejo, enfrentado a nosotros, tenía una radio pequeña pegada a la oreja. El partido de Peñarol estaba por comenzar. Entonces salió el doctor encargado de mi padre. Mamá y el tío se acercaron a él. Me hicieron señas para que no me levantase de mi asiento. Los detalles trágicos no son necesarios, mi padre murió.
Ese fue, tal vez, el día más triste que recuerdo. Han pasado varios años. Peñarol le ganó a los brasileros y yo no pude dormir pensando en las palabras que me había dicho mi padre unos días antes.
-Lucas, cuando andes en la calle, siempre tenés que tener cuidado, nunca te confíes. Por más que sigas las señales de tránsito, nunca se puede controlar a las demás personas. Siempre poné atención en vos mismo y en los demás sobre todo.
-Si papá.- le dije yo.
Hoy me es inevitable pensar en ese día sin sentirme culpable. ¿Cómo habrá sido su último instante? Le doy vueltas y más vueltas al asunto; y cuanto más lo pienso más seguro estoy. Mi padre nunca se distraía, pero ese día creo que sí. Y la razón era que ese día me iba a ver feliz, como el fue feliz cuando su padre le llevó al estadio. Los grados de culpabilidad en cada desgracia sé que siempre son inciertos, pero sin dudas, hay varios factores en cada una. Puede decirse que el conductor era imprudente y que hizo mal en cruzar con roja. También, desde ese punto de vista, la irritabilidad de un patrón intolerante contribuye en cierta forma. La distracción de mi padre. Un mecánico desidioso que no arregló correctamente los frenos de un Opel negro. El clima. El tiempo. ¿Dios? ¿El destino? No lo sé.
Aprovechando la ocasión, comentaré que desde ese día me interesé en el estudio de los mayas y su desaparición. Hay varias teorías. La más aceptada entre los conocedores de la materia es la que dice que los pueblos sublevados se revelaron, y derrocaron al imperio, obligando a las personas a abandonar las ciudades. Otra teoría habla sobre el gran crecimiento que la selva y la vegetación tuvieron durante el siglo de la desaparición, siendo este crecimiento tan repentino y colosal, que obligó a los ciudadanos a abandonar las ciudades y dispersarse en diferentes tribus y pueblos cercanos. Una distinta teoría habla sobre una gran epidemia que azotó a las grandes ciudades matando a todos los habitantes, incapaces de hacerle frente con el tan escaso conocimiento médico de esos tiempos. Por último, mi preferida, dice que los mayas eran la civilización “dueña del tiempo” y que encontraron, luego de siglos de estudio metódico, la manera de viajar en el tiempo y que así lo hicieron, toda su civilización. En fin, es un hecho rodeado de un misterio inusual. Tal vez ninguna de estas premisas sea cierta. Tal vez la verdad contiene pequeñas proporciones de cada una de ellas.
Se hace muy difícil especular en certidumbres. Me conformo pensando en que mi padre venía pedaleando, viéndonos alentar, rodeados de serpentinas y papeles picados, en donde once jugadores vestidos de amarillo y negro se adentran a la cancha airosos, reluciendo el orgullo de sus seguidores; cuando un Opel negro lo atropella, dejando esa última visión como el eterno eco de su paso por el mundo.
Mi hijo Pablo tiene tres años. Ya le compré una camiseta amarilla y negra. Su madre me pide por favor que no lo lleve al estadio, porque es peligroso para el chico y podría traerme malos recuerdos.
-No me rompas las pelotas.- le digo yo.
En mi mesa de luz tengo la vieja entrada, aquella que compró mi padre el día anterior a su muerte. He decidido dársela a Pablo y decirle que la lance con ímpetu, cuando vea asomar por el túnel esa hermosa camiseta, para que ese pedazo de papel se pierda en el viento entre todos los demás.

viernes, 17 de febrero de 2012

impuesto agregado

Hoy es un día de los malos,
Ayer también fue un día de esos,
Y a pesar de las promesas que me hacen las estrellas
Mañana también lo será.

Y así es que pasan los días y los ciclos,
No hay en el horizonte días bellos
Ni jaulas que se rompan.
El chasquido endeble de unos pasos grises.

Tengo para vender un lote de nada,
Sin impuestos ni rebajas,
Pasa la mercancía de moda
Y el viento se lleva el precio de todas las cosas.

Un alma de poca monta y días tristes,
Se borran en letras y más letras,
No esperes un milagro.
Los milagros son para los santos.

lunes, 13 de febrero de 2012

El bobo y el mar

El vino tinto estaba fresco. Se escuchaban las olas golpeando contra las maderas de mi barco. Apoyé mis pies en un cajón y dejé caer mi cabeza en las manos. Las estrellas siempre me habían llamado la atención, sobre todo cuando estaba en el mar. Ser pescador es un trabajo solitario. Las estrellas siempre brindan buena compañía, te recuerdan a tus mujeres, siempre están ahí y no se quejan, y sobre todo, con solo mirarlas se te ocurren las ideas más místicas y cada ente onírico está mas cerca de ti. En fin, en la noche tranquila, esperaba que las carnadas piquen, mientras las estrellas me plantaban sueños y más sueños, que nunca llegarían a concretarse. Además, era una buena noche, ya tenía pescado cuatro buenos ejemplares de tiburón. No podía estar mejor.
Escuché entonces, desde la proa de mi barco, un sublime canto de mujer. Me acerqué y miré en el agua: las olas se movían mansas. Me volví a sentar. Tome un sorbo de vino. El canto provino ahora desde la popa. Fui a la popa y miré en el agua: pude ver una gran cola de pez hundiéndose en el agua.
-Esto de mirar tanto las estrellas me está haciendo mal.- me dije en voz baja.
Encendí un farol y revisé las carnadas.
-Hola pescador.- escuché que me decía una voz detrás de mí.
Me dí vuelta y vi a una mujer pelirroja nadando en el agua.
-Hola ¿Qué haces ahí?
-¿Y tú? ¿Qué haces ahí?- me devolvió la pregunta en tono de broma.
Tenía los pechos desnudos, hermosos pechos. Podía mantenerse a flote sin usar sus manos.
-Pesco. ¿Cómo es que estás nadando aquí? Sube al barco.
-No quiero subir. ¿Cómo es que estás tú navegando aquí?
-No sé. La marea y el viento me trajeron. Hay buena pesca en estas zonas.
-¿Nunca te has puesto a pensar que los peces que tú pescas tienen sentimientos y almas?- preguntó pasando de la broma a la seriedad.
-En verdad no. Es que si no pescara, creo que no sería capaz de hacer otra cosa. No soy una persona muy competente.
-Ya veo.
-Espera, espera. ¿Quién eres? ¿Qué haces en medio del mar?
-Ay Dios… ¿Por qué siempre les cuesta tanto darse cuenta? Soy una sirena. Mira- dijo mostrándome la cola cubierta de escamas azuladas.
-Oh. Creo que en la primaria nos enseñaron algo sobre ustedes. Pero no recuerdo muy bien.
-¿Quieres venir conmigo? Te mostraré los más bellos paisajes que tenemos en el fondo del mar. Nos comunicaremos con todos los seres que en él habitan. ¿Qué te parece?- preguntó moviendo sus largas pestañas.
-No lo sé. Estaría mal dejar el barco solo.
-No le pasará nada. No hay nadie a kilómetros a la redonda. Verás lo que los peces piensas sobre ti, te sorprenderás. No te guardan rencor, sino todo lo contrario. Será una linda experiencia.
Observé mi viejo barco. Su olor a cangrejos, el timón desgastado y el balde negro con el que limpiaba la cubierta cada noche.
-No. Disculpa, me gustaría. Pero no puedo- sentencié.
Frunció el seño y se hundió en el agua.
Me serví otra copa de vino. No había nada como estar en altamar, si por mí fuera nunca regresaría a tierra. En el mar no había impuestos, inflación, navidades, anillos de oro ni vecinos.
Enganché otro gran pez, forcejeé con el hasta que se dio por vencido. Lo acerqué hacia la borda y le di con el arpón en el cráneo. Ningún pescado me había opuesto mucha resistencia. Ya llevaba cinco. La noche era cada vez mejor.
Otra vez escuche un canto femenino, un canto capaz de ablandar el caparazón más sólido. Me quedé sentado en mi asiento, sería otra vez aquella sirena.
-¡Hey! Pescador…
No respondí.
-Pescador…- volvió a llamarme.
Me levanté y dije:
-¿Qué quieres?
-¿Así tratas a las mujeres?
-No, disculpa. Pensé que eras la misma de antes.
Esta era morena y de rizos ondulados. Se podía sentir su perfume a hielo y sal.
-No. Tranquilo.
-¿También eres una sirena?
-Claro.- me respondió demostrando sus dotes de nadadora. Se movió dibujando un espiral entre las olas.
-Me encanta como cantas tu amiga pelirroja y tú, pero debo seguir pescando. Es una buena noche y no puedo desperdiciarla.
-¿Tan importante es un pescado más o un pescado menos?
Las olas golpeaban en sus pechos morenos.
-Para mí sí- respondí.
-No seas tan intransigente pescador. Ven conmigo y te mostraré nuestras ciudades de coral. Mira allí en el fondo.
A través del agua, en las profundidades, pude ver una ciudad enorme, iluminada, llena de movimiento. No tenía idea de que hubiera ciudades en el fondo del mar. En la primaria siempre fui un mal estudiante, de seguro desaproveché muchas enseñanzas primordiales como estas.
-Se ve muy bello desde aquí.- opiné.
-Estoy segura que nunca estuviste en una ciudad submarina.
-Tienes razón.
-Por eso. Acompáñame y daremos un hermoso paseo por mi ciudad.
Sonaba tentador, sin embargo, respondí que no. Pareció enojarse. Me miró con desagrado y se alejó aleteando hacia el este.
Los peces seguían saliendo. Ya tenía ocho. Sentí la melancolía del vino en mis venas. Cobraría buen dinero, pero no tenía a nadie con quien compartirlo. Un rancho sucio que me cobraba impuestos, gente que no me gustaba y alergia al polvo. Abrí otra botella. Me acerqué a la borda a mirar las olas. El reflejo de la luna se desvanecía en la enormidad de las aguas. Hubiese querido, en ese momento, ser capaz de expresar lo que sentía. La belleza no era más que un conjunto de ilusiones, y a pesar de ello, era una fuerza superior y trascendente.
Me senté en mi asiento y cerré los ojos. Pensé en mi infancia y en mis mujeres, en cada una de ellas. A ninguna le gustaba el mar, sin embargo, ellas me gustan a mí. Era un hecho curioso.
-Pescador….
-¿Otra vez?- dije encrespado.- ¡No molesten más! ¡Déjenme tranquilo! No quiero saber nada de sirenas, ni de ciudades submarinas ni de peces que hablan.
Se puso a cantar una melodía tan triste como la vida misma. En su voz estaba el reflejo de la luna y el ruido de las olas. No pude contenerme y me acerqué a su encuentro.
-Hola pescador.
-Hola sirena.
-Me han dicho que andas muy solo por estos territorios. He venido a hacerte un poco de compañía.
Su pelo rubio flotaba en la marea. Sus pechos redondos me miraban con cariño.
-Yo no he pedido compañía. Yo estoy bien así. Gracias.
-Pescador… no seas así conmigo. Solo quiero hacerte feliz.
-¿Quieres subir a mi barco? ¿Te doy una mano?- invité.
-No, no. Ven conmigo, nos iremos a un lugar que te encantará y me harás el amor. Si nunca lo has hecho con una sirena, todavía no sabes lo que es el verdadero amor.
-¿El verdadero amor eh? ¿Y como lo haríamos? No veo ninguna hendidura por donde meterme…
- ¿No te gustaría conocer nuestros misterios? Será el goce más placentero que jamás hayas sentido. Ven…
Su piel parecía suave. Sus manos me llamaban.
Estuve a punto de tirarme al agua.
-Adiós sirena. Volveré a pescar- dije y volví a mi asiento para no enfrentarla más. Su dulce canto se alejó de mi barco hasta perderse más allá del horizonte oscuro.
Terminé la botella de vino. Salió otro pez. Quedó mirándome mientras daba bocanadas inertes sobre la cubierta. Le arranqué la cabeza y la devolví al mar. Sentí el graznido de algunas gaviotas que revoloteaban en el aire. Fui por otra botella. Me quedé cavilando en como sería el sexo con una sirena, todo un enigma.
Y de pronto, el barco sufrió un golpe. Caí de mi asiento. Luego otro golpe y otro. Arrastrándome llegué a la baranda de la borda y miré lo que pasaba: eran las sirenas. Embestían con todas sus fuerzas y golpeaban con sus colas. Eran cuatro. Las tres que me visitaron y otra que parecía mayor, con el pelo verde. Era la que lideraba el ataque. Ordenaba en un idioma extraño y atacaban, primero desde un flanco y luego desde el otro.
-¡Hey! ¡Hey!- les grité.
Siguieron atacando. Agarré el timón y lo sujeté con firmeza. Luché por el control pero oponían una gran resistencia. Su estrategia era constante y eficaz. En cualquier momento el barco daría un vuelco. Corrí hacia el ancla de metal y se lo tiré a la líder, fallé. Naturalmente, comencé a tirarles todo objeto que encontrara: botellas de vino, anzuelos, cabezas de pescado, bidones, etc. Desaté mis zapatos y también se los lancé. Mis artilugios no hicieron mucho daño, solo las alejaron un rato. Volví al timón. Mi sorpresa mayor fue cuando vi venir hacia mí cabeza un tridente dorado. Lo pude esquivar, apenas. Luego hubo otro y otro.
-¡Dios!- grité arrebatado.- ¿Qué tipo de jugarreta es esta?
El barco y yo perdimos la batalla. Volcamos. Caí al agua fría. Me puse a nadar con ímpetu. Pude ver tierra firme. Tragué agua, mucho agua. Al principio no fueron por mí, se enfocaron en el barco. Lo sujetaron con una especie de red de algas y lo hundieron. Seguí braceando hacia la orilla. Mi barco ya no estaba.
Nadé un rato largo. La noche quedó en silencio. No pensé en nada, solo quería llegar a tierra.
Pero las sirenas no habían terminado de jugar conmigo. Sentí el roce de una mano que bajaba mis pantalones y se quedaba con ellos. Luego me sujetaron entre dos y me sacaron la camiseta gris (mi preferida). Intenté golpearlas pero sus movimientos dúctiles me esquivaron y no llegué a impactarlas. El corazón me latía cansado. Me habían quitado todo.
Un perro negro, sentado y con las orejas alertas, me observaba impávido desde la orilla. Más allá de la playa grandes árboles se perdían en el cielo. Por fin pude pararme en la arena y caminar entre las olas. No tenía más fuerzas. Y entonces, a modo de despedida, unas afiladas uñas me dieron un fuerte pellizco en las pelotas. Ni siquiera grité, apreté los dientes y aguanté el ardor.
Me tiré en la arena seca, ya estaba a salvo. El perro negro parecía amigable, se acercó y lamió mis pies, le hice una caricia. Que sentido del humor tan macabro tenían las sirenas. Reí.
Las vi, a lo lejos, saludarme con sus manos, sonrientes, amigables.
Me paré. Se alejaban cantando.
-¡Sirenas de mierda!- proferí desnudo, agitando el puño a la luz de la luna.- ¡La puta que las parió!

martes, 7 de febrero de 2012

Coordenadas inciertas

Me despertaré una húmeda tarde de otoño. Estaré triste y aturdido por los vaivenes que da la vida. La heladera se abrirá vacía y la mugre de mi hogar yacerá por doquier. Miraré el teléfono con nostalgia, perseguido por el anhelo de algunas palabras familiares. Me apoyaré en el vidrio de la ventana y veré gente entrando y saliendo de tiendas y comercios, caninos machos detrás de una hembra en celo, mierda de paloma en los balcones, hermosas mujeres caminando como princesas cansadas de su virginidad.
Saldré a caminar solo, parando en plazas y comprando víveres en algún almacén. Le daré vueltas y más vueltas al asunto, un asunto que nunca habré podido descifrar. Inexplicable, eterna desilusión. Fabularé raras historias que me alejen de mi espeso hastío, historias imposibles, inerte exploración de formas artísticas. Y un lozano sueño, que llevaré en andas durante las horas que pasan, emergerá como un amanecer en secreto, para luego volver a esconderse en las profundidades más lóbregas. Y así se irá la tarde, con el viento del mar, y los seres nocturnos saldrán de sus escondites y cantarán canciones de castillos y odiseas, de amantes celosos y hombres amantes de la libertad.
Me acercaré a una iglesia, antigua y gótica, en donde se escuchará el sermón principal del cura: La importancia del camino recto. La gente escuchará atenta, yo me aburriré con rapidez y seguiré errando en la ciudad entre sus calles imperecederas. Me iré adentrando, más y más, en callejones angostos. Botellas rotas, ratas, graffities blanquinegros, orines secos y orines húmedos, cuevas, humo, el ruido de unos tacones perdiéndose al doblar la esquina. Vislumbraré al final de la calle un cartel con forma de espiral, brillando intermitentemente en la luz roja de un tubo de neón. Creador de fortunas, dirá. Descenderé por una escalera de madera y entraré en un cuarto pequeño, apenas iluminado por una lámpara azulada. En el centro del cuarto los ojos estoicos de una gitana se posarán en mí.
-Toma asiento.- dirá, con acento extranjero.
La silla crujirá.
En su rostro apreciaré algunas arrugas y un lunar al costado de sus labios rosados. Sobre su cabeza un pañuelo a rayas verde y negro.
-Buenas noches- le diré mientras ella recoge un paño oscuro sobre la mesa, dejando al descubierto una bola de cristal.
-¿Cómo te llamas viajero?- preguntará.
- Osiris Gallardo. ¿Y usted?
-Vita. Solo Vita.
Su veterano semblante parecerá el de una mujer orgullosa de su candidez. La encontraré atractiva a pesar de su edad.
-¿Por qué estás aquí viajero?
-Vi el cartel de la puerta, me llamó la atención. Estaba cansado de caminar. No sé bien, en realidad no sé ni como llegué aquí.
-A veces los hombres se pierden, no te preocupes.- me dirá con un gesto condescendiente.- Ah, el cartel extraño de la puerta es obra del inquilino anterior. No he tenido tiempo de cambiarlo.
Asentiré con la cabeza.
-Si me das una moneda te diré tu futuro.
Le daré la moneda.
-Muy bien.- dirá concentrada, apoyando sus manos sobre la esfera.
Buscaré a mis costados algún indicio terrenal. Resultará infructuoso.
-Veo luciérnagas en un jardín. La luna alicaída. Un camino de rocas y urbanizaciones, el sonido del mar soplando con ferocidad.
La vidente, compenetrada, se tomará unos segundos, respirará hondo, y luego continuará:
-Caerás viajero mío, caerás una y otra vez. Tus lágrimas perdiéndose en la lluvia de otoño. Las raíces de los árboles se queman y arden bajo tierra…
Entreabrirá un ojo, me verá atento y volverá al asunto.
-Una puerta se abre. El sol resplandece. Las olas del mar traen a tierra un bote antiguo. Tú eres capaz de amar solo a esa persona que espera en el umbral y te entregas a sus pies.
-Vita- me aventuraré a decirle- eso puede ajustarse a cualquier ser humano.
Ella sonreirá.
- Viajero, viajero mío. No seas ingenuo.
Una ola de calor correrá por mi espalda.
-Luego veo… nubes. Nubes. Más nubes.-repetirá.- El fin llega y ahí estas. Tu corazón deja de latir una tarde de lluvia, en la cama rota de una habitación alquilada.
Sentiré que soy víctima de un chantaje barato.
-¡Espera viajero! ¡Veo algo entre las nubes! Una cometa de papel se alza en el cielo, esquiva relámpagos, tus manos luchan en la tormenta inclemente. La remontas, es tuya. ¡Mira!-me dirá señalando la bola de cristal.- ¡Mira!
Me acercaré curioso, entusiasmado.
-No veo nada señora, no veo nada.- diré finalmente.
-Las nubes, viajero mío, las nubes…
No sabré que decir. Ella abrirá sus ojos y dejará caer sus hombros. Tendré esa extraña sensación de que lo ocurre a mi alrededor ya lo he vivido, tal vez en un sueño o en una vida anterior.
-Gracias Vita. Ha sido una experiencia… reveladora podría decirse. Debo irme.
-Espera.- se adelantará a detenerme.- No puedes irte todavía.
-¿Por qué no?
-Porque antes de irte debes hacerme el amor.
-¿Debo?
-Si. Así está escrito.
-¿Escrito? ¿Dónde?
Se acercará a mi y pondrá su rostro muy cerca, enfrentando al mío.
-¿Acaso no puedes leerlo?- dirá, agarrando con su mano el control remoto de mí ser.
-Supongo que sí.
El control remoto se pondrá rígido.
-Si me lo haces, haré que vuelvas al pasado, a tu miserable vida.
-¿Qué eres?- inquiriré en tono de broma- ¿Acaso alguna especie de prostituta onírica?
-Claro, viajero mío.- responderá femenina, sensual.- ¿Acaso estás sorprendido? ¿O lo has sabido desde un principio?
El cuarto seguirá iluminado por el azul de la lámpara vieja, ella apoyará sus brazos y sus codos en la mesa. Subiré su vestido y la montaré. Perderé la noción del tiempo y del espacio. Y por un instante, olvidaré todos los caminos y me concebiré en ese lugar, donde desde siempre habré debido estar.
-Viajero mío. Tu estancia en estas coordenadas ha llegado a su fin.
Subiremos las escaleras de madera. Será una mañana nublada y de mucha humedad. Los gatos perseguirán a las ratas y las plumas viajarán en vientos suaves, en las calles los charcos de lluvia reflejando el retrato de la ciudad.
-Adiós viajero.
-Ha sido un placer.
Ella soplará delicadamente sobre mis pies. Me elevaré atónito en el aire alejándome con celeridad, en contra de mi voluntad. Flotaré por la ciudad, como una bolsa sucia, admirando el movimiento de todo lo ajeno a mí.
Una nube me caerá encima dejándome ciego. Truenos, relámpagos, electricidad.
Silencio.
Es de noche, estoy en el fondo de mi casa, mi rostro pegado al suelo. Un gato negro se desliza en los tejados. Me arrastro hasta apoyarme contra la pared. Enciendo un cigarro. No puedo evitar sentir nostalgia por ese futuro incierto, por las calles grises y angostas, por el acento de Vita y esa luz azul que mis ojos todavía pueden ver.
Entro a casa. Ropa tirada en el suelo, paredes descascaradas, olor a incienso de jazmín. Me como una manzana verde, disfruto su frescura. Se cuelan en mi alma las ganas de beber algo fuerte. Encuentro una camiseta limpia y salgo a las calles a procurar la bebida.
En el jardín, las luciérnagas emiten una danza indescifrable, la luna me mira con tristeza. Me siento en el pasto mojado y me echo a llorar.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Flores que flotan

¿Cuanto más?

¿Cuanto vale una estrella para tus mosaicos?

Fragancia de esfera llena de vida.

Hematoma hermano, sangre coagulada

Cae, deslizate

Roe, arrúllame.


¿Cuanto más?

Cazadora de sueños frascasados

¿Que vale la nada más la nada?

Y el sol sigue refrescándote en tus mares.

Solo y triste

Opaco. Alicaído.


Camino mojado de vasos vacíos,

Extravío de ojos y pinos y melodías ancestrales,

La lontananza de tierras ajenas

Y el anhelo inclemente

De una sonrisa amiga

Y un beso más que húmedo.


La inundación esta que causa el fuego

Expulsando lágrimas de arena.

El mundo sigue andando sin mí,

Y sin tí y sin nadie ya que importe.

Tú y yo.

Vos y yo.


¿Cuanto mas? ¿Cuanto menos?

¿Más? ¿Menos? ¿Poco? ¿Nada?

¿Todo?

Mañana. Mañana será otro día.