lunes, 24 de octubre de 2011

Ecos del mar

Sentí sus piernas tan húmedas como la noche. El ruido de sus tacos retumbaba en las calles vacías. Ella tiró lo que quedaba de whisky antes de entrar en nuestro hogar. Su vestido rojinegro remarcaba sus curvas, su pelo castaño hacia caricias en el aire. Cuanto amaba yo a esa mujer.

Nos quitamos la ropa. Me besó suave y contuvo entre sus brazos.

-Voy al baño- dijo y se alejó zarandeando su hermoso trasero.

Me acerqué a la ventana. Cerca de la puerta del edificio donde me encontraba, una prostituta golpeaba el rostro de quien deduje sería su proxeneta.

-Ya estoy lista.

Estaba hermosa. Volví a mirar por la ventana, pero ya no había nadie.

Agarré fuerte su piel color canela, ella me tiró en la cama. Se escuchó un grito desde afuera.

-La esencia de nuestras almas es la ilusión de los impulsos que nos rodean.- me dijo fijando su vista en la ventana.

Tomé su rostro y lo traje hacia mí. Sentí el calor de su entrepierna y el gemido femenino de su cuerpo. A pedido de ella fui tan soez como pude mientras le hacía el amor.

Luego, quedamos abrazados en el silencio de la noche. Su mirada en mi mirada y esas palabras que aún siguen sonando:

-Te amaré por siempre.

-Y yo a ti.

-¡Paola! ¡Paola! Despierta.

-¡Suéltame hijo de puta!

-Soy yo Pao. Solo es un sueño. Tranquila.

Ella se aleja de mi lado. Siento su respiración agitada.

-Eras tú- me dice asustada.

-¿Era yo? Ok. ¿Qué soñabas?

-Era solo un sueño.

-Dale, contame.

Me mira a los ojos y algo más tranquila comienza a narrar:

-Estaba sola en nuestra playa, la playa de los pescadores. Miraba el mar. La arena era negra, las nubes cubrían todo el cielo. Yo estaba triste porque tú no estabas a mi lado.

No era tristeza, era ira tal vez. Tenía ganas de matarte Lucas, porque no estabas a mi lado. En la arena había grandes pozos y el mar estaba muy agitado. Hubo relámpagos. Luego, no sé como, tú estabas a mi lado. Yo me alegré, pero tu rostro parecía poseído, me mirabas de una manera como nadie antes lo ha hecho, ni siquiera tú mismo. Caí de rodillas, agarraste mi rostro y lo hundiste en la arena gritando palabras sin sentido. No podía respirar. Hasta que me despertaste.

Reí sin ganas.

-Yo te dije que algún día te iba a matar.

-No seas tonto, fue horrible.

La abrazo y nos tapamos bajo las sábanas.

-Tranquila, era solo un sueño.

Me levanté temprano para ir a trabajar. La ducha de agua fría me despabiló. Me vestí rápido, observé la cama vacía y me fui. El frió urbano era intenso como el movimiento de la gente. Fui hasta la parada del ómnibus y abordé el correspondiente.

Me puse a leer un libro con el cual llevaba días entusiasmado: retratos y ensueños. Narraba una bella historia de amor, adobada con viajes y magias.

Un hombre alto de traje y sombrero grises se sentó a mi lado.

-Yo sé lo que le hiciste a ella- me dijo.

-¿Cómo señor?

-Sé lo que le hiciste a ella- repitió.

-¿Qué le hice a ella?

-La mataste.- respondió punzando mi espíritu con su mirada.

-¿La maté?

-Si, Martínez, la mataste.

-¿Cómo sabe mi apellido?

No respondió.

-Permiso-solicité- debo bajarme.

El hombre lo concedió sin quitar sus ojos de mí.

Bajé del ómnibus y caminé rápido sin rumbo. Me metí en el primer bar que encontré. Sentí en mi espalda la mirada de todas las personas que estaban dentro. Pedí un café y me acerqué al ventanal. Las calles rebosaban de velocidad.

Recordé que debía ir a trabajar. No volví a ver al hombre vestido de gris.

-Me tenés podrida- dice Patricia apagando el cigarro.

-¿Por?- pregunto.

-Al fin y al cabo siempre estamos en lo mismo.

La habitación está impregnada de humo y sudor.

-Si, ya lo sé.

-Llevás meses diciéndome que tenés ese sueño recurrente. Que estamos en la playa y caminamos por la arena mirando las estrellas.

-Es verdad eso.

-Pero nunca me das tu corazón- recalca.

-Ya te lo expliqué Patricia.

-Si. Tenés a tu mujer y no vas a dejarla.

-No puedo dejarla, como no puedo dejarte a ti.

-¿De que me sirve eso?

Enciendo un cigarro y me acerco a la ventana. La pradera se extiende en el horizonte, un perro gris persigue a un gato esquivo. El otoño derrocha su tristeza en una lluvia de domingo.

-Algún día nuestros sueños ya no serán sueños. Todo será como debe ser.

Patricia se levanta de la cama y me abraza. Miramos juntos el color negro de la tierra, ella me acaricia el rostro y dice:

-Ya no me verás más Lucas. Ya no me verás.

Besa mis manos, agarra sus cosas y abandona la habitación.

Llevaba más de una hora caminando de librería en librería. Quería encontrar un libro llamado retratos y ensueños. Hacía frío y ya estaba por caer la noche.

A pesar del fracaso de mi búsqueda, adoraba deambular en ese mundo literario. Locales llenos de polvo, paredes grises o pinturas descascaradas, el encuentro de un libro perdido entre otros tantos, la atmósfera onírica en que uno se encuentra.

Primero encontré un libro llamado relatos de un ensueño, luego otro retratos de mil y un sueños. Llevaba meses sin encontrar inspiración en las cosas y no sé porqué tenía la vana esperanza de que este libro revirtiera mi situación. Seguí caminando, se hizo la noche.

Entré en una librería que no conocía, estaba un poco alejada de las demás.

-Buenas tardes- saludé.

-Buenas- dijo el librero, un hombre alto de pelo grisáceo.

-Estoy buscando un libro que no parece ser fácil de encontrar.

-A veces pasa con los mejores libros- sostuvo con una sonrisa cómplice.

-Retratos y ensueños se llama. ¿Lo conoce?

-Por supuesto- respondió frunciendo el ceño.- Es un libro formidable.

-¿Si?

-Pero no lo tengo y tampoco lo encontrarás en estas librerías.

-¿Está seguro?

-¿Dónde escuchaste hablar sobre ese libro?

-Me lo recomendó una amiga. Bueno… es algo más que una amiga.

-Buen gusto tiene tu amiga.

-Podría decirse que si. ¿Dónde podré conseguirlo?

El hombre agarró un cuaderno, con lo que parecían ser apuntes personales.

-Para conseguir este libro necesitarás hacer algo terrible. Este hecho marcará tu existencia para siempre. Cuando llegue el momento ni siquiera sabrás quién eres o que buscas. Cuando…

-Señor, señor- interrumpí.- Es solo un libro. ¿Lo tiene? ¿Sabe donde puedo encontrarlo?

El hombre me miró imperturbado.

-Que tenga buenas tardes joven.- dijo señalándome la puerta.

-¿Sabe que editorial lo edita?

No respondió y me fui.

-¿Por qué todos los libreros están más locos que las cabras?- me dije en voz alta mirando el reloj. Supuse, que de tanto leer, a algunos les costaba distinguir la ficción de la realidad.

Paola debería estar esperándome para ir a comer. Maldije mi suerte y regresé caminando a mi hogar.

La resaca del día anterior partía mi cabeza. Tomé mucha agua y comí las sobras de pizza fría que había en el microondas. Hacía calor y el sol entraba por la ventana decorando el desorden en mi habitación. Puse a cargar mi celular, lo encendí y me avisó que tenía llamadas perdidas y un mensaje de voz. Era Patricia que decía:

-Lucas, a las siete sale mi avión. Sé que no quieres perdonarme, aunque yo te perdoné cosas peores. Te recordaré por siempre y lo que vivimos siempre estará en mí. Adiós.

Eran las cuatro y media. Me vestí rápido y salí corriendo hacia la parada del ómnibus.

Yo no tenía nada que perdonarle, me pregunté el porqué de sus palabras.

La ciudad era enorme, el aeropuerto quedaba en un pueblo a sesenta kilómetros de la misma. El ómnibus me dejó a tres calles de la boca del metro, para luego desde allí ir a la estación de trenes. El tiempo volaba. La muchedumbre que salía de la boca me detuvo con sus empujones. Caminé velozmente en la estación que emulaba a un laberinto de pasillos. Propagandas, maquinas de comida, la melodía triste del acordeón de un músico callejero, al aire insalubre de las instalaciones.

Deseaba tanto volver a verla una vez más, sentir sus manos, oler su frescura. Corrí y esquivé a todo ser que se puso en mi camino. Llegué a la estación de trenes.

Había muchos turistas y equipajes. Un cartel electrónico anunciaba diez minutos para la salida de mi tren. Si conseguía mi cometido, tendría muy poco tiempo para verla.

Recosté mi cabeza sobre el asiento. El tren comenzó a moverse con lentitud. Saqué un libro de mi mochila y comencé a leer.

La ciudad pasó a desfilar por las grandes ventanas del tren. Las vías, algunas plantaciones, dos perros copulando, carreteras lejanas, el ir y venir de las cosas. Unos días atrás ella caminaba sujetando mi mano, compartía mis inquietudes, escuchaba mis sinsentidos. Sentí la música de la vida en mis venas. Que hermosa aventura era ir tras ella…

Llegué. Muchedumbre. Locales de check in, puertas de abordaje de diferentes letras y colores, gente corriendo, guardias y vendedores trabajando, un verdadero caos. No faltaba nada.

Patricia subía las escaleras mecánicas, su rostro triste, su andar desesperanzado. Esa puerta que nos separaría, era ahora inalcanzable.

-¡Patricia! ¡Patricia!- grité.

Giró, me buscó en la multitud, y al no encontrarme dio media vuelta y se fue.

Como un eterno adiós, su cabellera clara fue lo último que vi perdiéndose detrás de una esquina.

-¿Por qué me matas?

-¿Yo te mato?

-Si, Lucas. ¿Por qué lo haces?

-No lo sé. Perdóname.

-¿Acaso mis ojos ya no son una pareja de aves emprendiendo vuelo?

-Son eso y más.

-¿Estarás despierto en mi ausencia?

-Eso intentaré. Pero no te vayas, quédate conmigo.

-Eres tú el que se marcha, no lo hagas.

-¿Podremos hacer eso?

-Tal vez sea tarde, el puñal ya está enterrado.

-Es que cada vez que sueño, sueño contigo. Y sin eso sería imposible continuar.

-Lo sé. Algún día nos volveremos a ver.

-¿Cerca del mar, donde tus cabellos huelen mejor?

-Si. ¿Por qué no? Cerca del mar.

-¿Y caminarás junto a mí?

-Claro.

-¿Y te quedarás conmigo a pesar de hacer lo que hago?

-Si Lucas.

-Que esas aves no pierdan el rumbo de tu mirada.

-Adiós Lucas.

-Adiós.

...

Los marcos de las ventanas tenían la pintura desgastada. Afuera el otoño, las estrellas, el rocío inmóvil sobre el pasto. Llevaba mucho tiempo sin escribir nada bueno. Sin ella la inspiración ya no era como la lluvia, las rajaduras de las paredes y la humedad por doquier pincelaban una vida triste. Observé a unos gatos peleando y sentí envidia por ellos. ¿Qué era esa pelea sino su máximo esplendor cotidiano, su respuesta a las preguntas entrañables?

Sonó el teléfono. Era Patricia, quería salir conmigo. Tomar algo, improvisar soluciones a sus problemas, caminar de la mano, mostrar afecto. Inventé una excusa sin éxito, en menos de media hora tocaría mi puerta. Me vestí rápido y salí. La mezcla del olor a pino del frío y el cantar de los grillos hicieron que adorara mi libertad. ¿De que estaba hecho el recuerdo inmune de aquella mujer? La brisa errante que ondulaba en las olas del mar grisáceo, el eco de la espuma como el clamor de su sonrisa, el despojo sombrío de una eterna mirada.

Sentí la nostalgia reflejada en cada paso. La añoranza sin designios en la soledad de la noche y el mundo que me negaba su belleza. Caminé, las calles sonaban, la luna llena me miraba perezosa. La ciudad comenzó a descender dejándome a las puertas del mar. El sonido de las olas, la arena húmeda, el constante silbido del viento marítimo.

Me senté a unos metros de la orilla. A la distancia se veían los barcos que arribaban al puerto, lentos, lejanos, sus luces tintineando como un roce en otros tiempos.

-Que bella imagen- dijo una voz dulce.

Levanté mi mirada y vi a mi desconocida.

-Si, es verdad. Me encanta venir a ver los barcos cuando me siento fuera de este mundo.

-A mí también. ¿Puedo sentarme junto a ti?- preguntó.

-Claro.

-Últimamente nunca distingo si estoy despierta o estoy dormida.

Acomodó su pelo, miró las estrellas y continuó:

-No sé, es como estar a la espera de que me despierten pero nadie lo hace. No puedo escapar a ese sentimiento.

-¿Cómo te llamas?- le pregunté.- Yo soy Lucas Martínez.

Su perfume olía a fresas.

-¿Importa eso?

-No, realmente no. Quisiera tener una respuesta y poder hacerte feliz.

-Eso quisiéramos todos.

-¿Quieres bailar?

-¿Cómo?

-¿Quieres bailar conmigo?- repitió.

-¿Acá?

-Claro. ¿Por qué no?

-Está bien.

El color canela de su piel se mezclaba con la noche. Bailó conmigo tarareando una canción desconocida, enamorándome bajo las estrellas.

-¿De que estás hecha mujer?

Las olas tocaban nuestros pies.

-¿Porqué no te vienes conmigo a la ciudad? Tomamos algo y caminamos por las calles.- propuse.

-¿A la ciudad? No creo.

-¿Porqué? Nos divertiremos.

-No.

-Me has hecho el hombre más feliz del mundo.

-¿Con tan solo un baile?

-Si.

Quise, en ese instante, entregarle mi vida y ponerme en sus manos.

-Ahora nos iremos a la ciudad y la vamos a pasar bien.- dije desabrochándome la bragueta y alejándome unos metros para mear.

-¿Cómo te llamas? Ahora si quiero saberlo.

Nadie respondió.

Terminé de mear. El silencio de la noche, el mar, el olor a fresas que aún estaba ahí.

Siempre que había una fiesta Paola se ponía nerviosa. Demoraba horas luciéndose en el espejo y nunca la prenda elegida le daba satisfacción. Era una noche de fiesta, estrellas ligeras, calor y bebidas.

-¿Crees que se enojen si llegamos tarde?- me preguntó.

-No Paola. No deben ni saber que hora es.

-¿Estoy linda?

-Preciosa mi amor.

Era una casa enorme. Había una gran variedad de comidas y bebidas.

-Que bueno que han venido.- decían los hipócritas de la fiesta.

Para Paola todo el mundo era bueno y merecía una oportunidad. Yo pensaba diferente.

Nos ofrecieron vestimentas exquisitas, una especie de disfraz moderno. Se montaba un culto a lo banal, sórdido y artero. Apreté la mano de Paola con fuerza y comencé a tomar whisky.

-¿Por qué me traes a estos lugares mi amor?- le pregunté.

Ella hablaba con un par de extranjeros expertos en moda.

¿Por qué la gente veía el mundo de una manera tan distinta a la mía? La mano de Paola tenía un tacto irreal, como arena perdiéndose en mis dedos. Me solté. Los invitados bailaban hablándose al oído detrás de sus máscaras.

Petrificado en una esquina de la sala tomé largos sorbos de whisky. Sentí la divina necesidad de embrutecerme y me refugié en la idea de que todo y todos explotaran, llevándome así, a un mundo sin materia.

Hacia mí se acercó una hembra de pelos rubios, su máscara me hizo recordar a Medusa.

Valientes eran los de antes, como Perseo, pensé. Ella pasó rozándome y mi mano cayó sobre su culo duro regocijándose con él. Libre y purificado, creí saber la verdad universal de las cosas, ¡Que abrazo me estaba dando Dios!

La bofetada encendió mi piel, al agudo tono de sus insultos me trajo de vuelta a la realidad. Los presentes voltearon para ver a la inocente hembra victima de un degenerado. Los llené de odio, nadie antes había osado molestarlos en su danza terrenal. Sus disfraces eran tan ridículos que me sentí lleno de vergüenza, el mío no era original ni costoso, tenía un dejo marcadamente bucólico. Paola rompía en llanto y supe que ya no me perdonaría más. Todavía sentía ese culo duro en mi mano. La muchedumbre la rodeó ofreciéndole consuelo. Miré mis pies, mis zapatos estaban manchados con barro.

Un hombre alto vestido de smoking gris se acercó.

-Señor, le invitamos a que se retire.

Busqué los ojos de Paola pero no los encontré. Cabizbajo me dirigí a la salida. Medusa dio dos pasos hacia atrás, evitándome cuando me vio pasar a su lado.

Los pájaros emprendían su vuelo. ¿Qué ciudad era esta? Recién tocaba su suave torso y ahora la soledad era más lóbrega que nunca. Las calles angostas, el olor a colibrí entre tanto aceite quemado, su caricia, mi quebranto, el camino en la montaña, las alas, los trenes oxidados, la princesa defraudada, las langostas en la pecera, el viaje de un barco silencioso, las velas en la bañera, su cálido aliento, la lejana luz en el cielo de un avión nocturno, el sinsentido infinito de mil palabras tontas.

¿Era esto parte de un sueño, mi imaginación, o el recuerdo errante de un momento feliz? En mi regazo, las letras de un libro nunca escrito y la promesa fallida de una epifanía creada por ella y yo.

Algo estaba roto. Yo ya no era Lucas Martínez, sin embargo ahí estaba, dudando de las realidades y analizando el sentimiento. Sentí nauseas por mi vida, la esencia de nuestras almas ya no era una ilusión, sino una realidad magra e irreconocible. El bunker de mis sueños estaba ahora destruido.

Sentí aire frío en los ojos. El aroma a fresas, el sonido espectral de sus pasos y ese inestable bienestar que sus palabras producían. .

Ahí estaba yo hablando con ella, otra vez, engañando al tiempo y a la realidad.

-Estoy maldito- decía yo.

-No digas esas cosas- ordenaba ella.

Las ventanas comenzaban a romperse, nuestras calles flotaban inertes en medio de un silbido remoto.

-Estoy maldito- volvía a repetir.- Durmiendo o despierto, estoy maldito.

Ella acariciaba mi nuca, buscaba en mis ojos los vestigios de mí ser, mas ya no había nada adentro.

-¿Quieres ir a la playa?- solía preguntarle.

-Hoy no, llévame a casa y hazme el amor.

El buitre gris sobrevolaba el cielo despejado. Yo caminaba descendiendo por los matorrales de la montaña cuando vi la arena blanca. Descendí y crucé la carretera vacía. Percibí el olor del mar y me dejé hipnotizar por el ruido de las olas.

En la playa las casas de los pescadores, azules con los marcos amarillos, simétricamente ordenadas de par en par. A su lado los botes agrietados por el tiempo.

Me dirigía a la orilla. Ahí estaba ella, sentada de espaldas mirando el mar. Toqué su hombro, ella se alegró de verme y me abrazó. Caminamos por la orilla, sin hablar mucho. El mar reflejaba millones de historias humanas, canciones sin final, la sonrisa de un infante, la tristeza de la soledad. Quería decirle cuanto la amaba, cuan infame era mi alma sin ella. Quería sobre todas las cosas arrodillarme y entregarle mi ser.

Pero ella no estaba allí, ya no había botes ni nada. Un buitre gris acechando los horizontes y mil promesas rotas.

Su imagen de sirena en el portal esperándome una eternidad.

Su mirada en mi mirada y esas palabras que aún siguen sonando:

-Te amaré por siempre.

-Y yo a ti.

martes, 7 de junio de 2011

Canto agónico

Quisiera decir que lo siento y que todo puede cambiar, que se puede recomponer algo que está entre las cenizas, eras tu el fénix, siempre soy yo la lluvia áspera. Y cada día que despierto prefiero estar más muerto, y que no haya fénix ni nada. Detrás de los altos edificios donde desaparece el sol, siento el canto de un barco fantasma, como un clamor de estrellas tristes. Como el aliento defraudado de una reina solitaria, como el charco inmundo del trajín de mi mundo. Sin esferas, sin nada, ¿Donde estarás mi amor? ¿Donde estarás mi nada?

miércoles, 6 de abril de 2011

Charcos de lluvia

La tarde caía en una fuerte lluvia de otoño. El movimiento en las calles era intenso y el ruido de las gotas abanicaba el rostro de Martín. Su caminar lento y un tanto despreocupado hacían que choque con personas apuradas. Hacía tanto tiempo que no veía a Carol que los nervios lo invadían por momentos.
Ella tenía que llegar en el lapso de esas dos horas para realizar el intercambio de materiales. Luego del mismo, se separarían lo más rápido posible.
En la plaza donde se encontrarían, había una gran fuente con estatuas angelicales. A pesar de la lluvia el clima era húmedo y cálido, el hecho de estar mojado no era relevante en esa ciudad. Martín se sintió afortunado al ver que el banco donde se encontrarían estaba vacío. Se sentó y quedó unos instantes observando el caminar de la gente y las imágenes de los charcos de agua.
Visualizó el gran reloj de la plaza, se inundó con el olor a tierra mojada y sintió nostalgia por un tiempo pasado.
Los grandes ojos de una hermosa joven vestida de rojo y negro se cruzaron con los suyos, ella le devolvió una sonrisa, luego disminuyó la marcha y se quedó apoyada en la parada del bus, perdiendo y encontrando la mirada de Martín intermitentemente. Sus gestos de princesa ancestral y su sensualidad felina lograron hacer que estuviese a punto de levantarse de su asiento. Bajó su mirada y la ignoró. Pasado pocos minutos ella ya no estaba allí.
Esa mujer le hizo acordar a Carol. Las noches en la playa deshabitada, la forma de sus cabellos, los viajes juntos, los regalos, las más profundas oraciones.
Los minutos corrían, su ansiedad era mayor. El olor a carne asada, proveniente del bar que estaba cruzando la calle era tentador. Comer carne y tomar whisky, pasar al baño y estar en un lugar seco, tal vez hubiera un partido de fútbol en la TV. Podría ver el banco desde la barra. Se quedó ahí.
Era curioso ver pasar a toda aquella gente, bajo la lluvia, sumergidas en tantas catarsis como alegrías, sin saber nunca el porqué de hacer las cosas que hacían, llenando vacíos que eran imposibles llenar. Se sintió solo y triste.
No se había percatado de que un señor bastante mayor que él estaba sentado a su lado. Tenía una caja cuadrada de madera en su regazo.
-¿Qué tenés en ese portafolio pibe?- preguntó el señor.
-Tengo… cosas mías- respondió Martín prejuicioso.
-¿Sabés lo que tengo yo en esta caja? Tengo el último regalo que le quiero dar a mi hija.
-Me parece bien.
-Pero mi hija me detesta y no quiere verme. ¿Sabés que feo es eso, pibe?
-La verdad es que no lo sé señor.
-La vida es dura.
-A veces lo es.
-Te voy a decir lo que necesito pibe.
Martín miró al señor. Tenía el rostro rígido y la mirada perdida en la lluvia.
-¿Lo que necesita?
-Si, lo que necesito. ¿Ves esta caja? Quiero que la lleves a esta dirección-dijo dándole una tarjeta a Martín- y que se la des a Natalia Pérez, mi hija.
-Pero no puedo señor, disculpe.
-Te daría todo esto- dijo mientras mostraba un gran fajo de dinero.
Sin duda era más dinero de lo que ganaría del intercambio con Carol.
-Lo siento, pero no puedo.
-Vos tenés cara de buena gente pibe, por eso te lo pido a vos. A mi me está llegando la muerte y no quiero irme sin darle esto a mi hija. ¿Me entendés? Se te ve que sos bueno pibe. Por favor.
-No señor, no lo haré.
Sin despedirse, el señor se levantó y se perdió detrás de una esquina.
El lapso estipulado estaba acabando. Carol llegaría, eso era seguro. La tarde comenzó a irse, las luces y los carteles de neón se encendieron. La noche trajo vientos fríos y una lluvia más punzante. Martín lamentó no haber traído más abrigo.
Observó un cartel de una discoteca cercana que decía: ven conmigo. El color y las formas alrededor del anuncio llamaron su atención.
El movimiento de la gente en las calles disminuyó. Martín estaba ansioso y algo decepcionado por la impuntualidad de Carol. Imaginó su cara al ver que el lugar en cuestión estaba vacío, sintió un leve regocijo, pero las ganas de irse cesaron.
Que ajeno que era todo. ¿Qué importancia tenía Carol, el intercambio, seguir o no seguir? La lluvia era hermosa y a su vez le irritaba enormemente. Pasado, presente y futuro, todo era igual. Nada escapaba de él y nada le pertenecía.
Los llantos infantiles de una pequeña niña llegaron a él. Lloraba sin consuelo y levantaba la mirada en busca de ayuda. Estaría perdida. Las personas no reparaban en la pequeña. Impresionaba ver la invisibilidad de la niña entre la gente y la lluvia.
Un hombre gordo que caminaba muy rápido la atropelló, la niña cayó y fue víctima de los pisotones del gordo que no se percató del crimen. Martín se levantó de su asiento y caminó unos metros para socorrer a la niña.
La puñalada entró por la espalda, arriba del riñón. Cayó de bruces sobre un charco de agua, la sangre comenzó a manar. Que hermosa que es la lluvia, pensó mientras la vida se escapaba de él.
Una calle más abajo Carol llegaba con un portafolio en sus manos. Miró la escena con una lágrima en su rostro, tomó el portafolio de Martín y se fue.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Anhelo otoñal

El rastro de esa lágrima eterna,
el sol en tu risa, la chispa del otoño,
el saludo más triste que nadie supo
ayer en ti, hoy en nada, mañana en nada,
ayer las olas dejaban el rastro,
hoy la arena borra el mañana.

¿Por qué se queman las cabañas?
Sucias están las camas y los relojes,
las certidumbres, los sueños que desfallecen

¿Por qué migra esa ave negra?
El otoño se filtra en las calles grises
haciendo perder tu imagen, en una esquina.

Te llevaste la primavera en mi partida.
Amor de Barcos y vientos fríos,
hoy soy solo materia, mañana nada,
Llora sin consuelo ese antiguo sueño errante
y me odia y te ama, no quiere,
Sube al cielo y cae tan triste, en la lluvia del otoño.

jueves, 10 de marzo de 2011

lágrimas negras

El ambiente era cálido y muy claro. Venías a verme. Las imágenes eran lentas y a pinceladas. El amor se me desparramaba por los poros. Venías a verme, a salvarme. Un muelle rodeado de pastizales verdes e intensos, el mar calmo reflejando el sol. El faro inamovible, la brisa de verano. Ya estabas acá. Subí la enorme cuesta para llegar a donde te hospedabas. La intensidad de mi sentir, el calor, el reencuentro, tu ansiada sonrisa. Las edificaciones bastante modernas y la dificultad para encontrarte. Entré en la fiesta que se llevaba a cabo. La expectativa casi hace parar mi corazón. Un pasillo angosto y lleno de movimiento. Caras conocidas que desfilan. Detrás de esa muchedumbre veo tu cabellera hermosa. Siento que vuelo. Te veo, sonríes triste y alegre, siento mis extremidades desarmarse. Me abrazas fuerte. Tu rostro melancólico sobre el mío. Un manto blanco nos separa unos segundos, dejando el rastro negro de tu lágrima interminable.

Me desperté lleno de tristeza como lo hago cada día desde que no estoy contigo. No estás conmigo, no venías a verme ni a salvarme. Mis días siguen y tus cabellos ya no están.

lunes, 31 de enero de 2011

Mi Laia

Primeramente colgado con Larry Mou y el Pelado. Decidí terminarlo yo mismo. Pero quedo a la espera de que Dalai o Alcoholico con nombre le den un mejor final que el mío.




Recuerdo bien aquella gran ventana y sobre todo el mar y su brisa que entraba en la habitación rodeándonos con calidez. Ella siempre iba ligera de ropas, su pelo liso y castaño nunca estaba quieto. En una ocasión creo que me dijo que su nombre era Laia, no estoy seguro de haberlo escuchado, pero así lo adopté. Laia. Casi siempre estaba en esa pequeña habitación que daba al mar, esperándome, para amarme. Lo mejor de las noches era escuchar su voz, su risa, su respiración. Recuerdo que pasábamos noches enteras hablando de castillos, princesas, montañas, la forma de las estrellas, las olas, las distancias y más. El calor del roce de los cuerpos hacía que las imágenes se mezclaran y que ninguna forma estuviere separada de otra. Ella era tan hermosa y me trataba tan bien, que cada día al llegar la noche demoraba en poder alcanzar el sueño, atormentado por la inaudita ansiedad de volver a yacer junto a ella. Y así fue que me enamoré perdidamente de ella.
Es curioso pensar hoy, como funcionaba mi ser en aquellos días. Me despertaba por el sonido del despertador, me bañaba rápido pensando en Laia y salía corriendo para llegar al trabajo en hora (pocas veces logré mi cometido). Trabajaba como corredor de seguros, era un trabajo de oficina aburrido, pero pagaban bien y no me exigían al máximo. Salía caída la tarde y como un acto reflejo ya empezaba a sentirme inundado por su esencia. También a esa hora recibía algún sms de Patricia preguntándome si quería comer en su casa o salir a tomar algo en la ciudad. Su mayor tema de preocupación en esos días eran mis poemas.
-¿Estas seguro que no estás saliendo con otra?
-Te lo juro, mi amor. Vos sabés que del trabajo a mi casa o a la tuya. Además estando contigo no necesito nada más- le decía mientras ella estudiaba mi rostro.
-Pero- comenzaba a hablar algo resignada y triste- antes le escribías cosas a mis ojos celestes y a mi sonrisa y a no sé que más. Ahora solo escribes cosas sobre el mar, las estrellas y a una mujer que estoy segura que no soy yo.
-¿Por qué pensás que no sos vos?
-No sé, además siempre estás en otra parte.
-Si estoy siempre contigo.
-No. Yo sé que algo pasa- sentenciaba.
Entonces la discusión se tornaba espesa para mí. Agarraba mis cosas y la dejaba. En realidad poco importaba más que estar con Laia. De camino a casa miraba las flores, pensaba versos, miraba las tiendas de ropa e imaginaba como las prendas le quedarían a ella. Pero nunca estos “presentes” llegaban a sus manos. De todas formas siempre estaba contenta de verme. Ese era, tal vez, el mayor placer que sentía mi espíritu.
Soñé con ella primero días, luego meses. Mi vida llegó a decantarse por el sueño en vez de la realidad. Su aroma era tan real, que nunca he sabido si en verdad este es el sueño y aquello la realidad o la inversa. Hasta que un día ocurrió algo.
Salí del trabajo y fui directo al bar. Estaba cansado, algo frustrado. Todo el día había estado ordenando carpetas, llenas de papeles desordenados.
El bar estaba casi vacío. Pedí una cerveza y agarré un periódico.
La cerveza fría me reanimó. Miré por la ventana, la humedad en la brisa y el color de las nubes anunciaban la tormenta. Las noticias ansiaban un futuro conflicto de naciones y subrayaban que mi equipo de fútbol había logrado una victoria.
De pronto sentí un olor familiar. Dejé el periódico y observé la lluvia que comenzaba a caer. Quede unos segundos abstraído en mi mismo. Hasta que escuché su voz.
-Un café, por favor- pidió al mozo.
Quedé quieto unos instantes. No podía estar ocurriendo eso. Giré y observé su pelo liso y castaño. En ese instante se paró y dirigió hacia el baño. Su mismo contorno, su misma forma de caminar. Era Laia.
Un tanto preocupado observé el nombre de mi cerveza y luego la terminé.
Regresó del baño acomodándose un mechón de pelo y cruzo sus ojos con los míos. Yo no sabía que decir, mi cuerpo envuelto en tantas sensaciones no respondía. El mozo le trajo su café.
Luego de acomodar mis pensamientos me paré y fui a su encuentro.
-Permiso. ¿Puedo sentarme un momento contigo?- pregunté con timidez.
Ella me miró desconfiada. Luego aceptó.
-Hola.
-Hola.
Sus ojos color ambar esperaban alguna de mis palabras, sin que estas sonaran. Sonrió con vergüenza.
-¿Tenés idea de quien soy?- pregunté.
- Ni idea. ¿Qué quieres?
- No sé como empezar a explicártelo. Te va a sonar raro.
-Pues inténtalo. Ya me tengo que ir.
Miré las demás mesas del lugar. Un viejo tomaba whisky en una punta, una pareja cenaba en la otra.
-¿Laia?
-Laia. ¿Quién es Laia?- repitió después de mí.
-¿Vos no sos Laia?
-No. Yo soy Lydia. Te confundiste de persona.
-No me confundí.
-¿Entonces?
-Pasa lo siguiente: hace un año, más o menos, que sueño todos los días contigo. Cada día sueño contigo.
Ella sonrió divertida.
-Ah. ¿Y en ese sueño que pasa?
-Me amas y yo te amo.
Rompió en una carcajada. El hombre que tomaba whisky levantó su cabeza desde la esquina del bar.
-La verdad es que he escuchado varios disparates en mi vida, pero este los supera a todos.
-Es verdad Lydia. Te amo.
-¿Me amas? Me parece bien. Solo eres otro imbécil. Estoy apurada, tengo que irme.
-Espera, no te vayas- me apresuré a decir.
-Haremos lo siguiente: mañana yo vendré nuevamente aquí, a esta misma hora y podremos hablar mejor. ¿Te parece bien?
-Si.
-Que suerte que paró de llover- observó.- ¿Podrías pagarme el café? Mañana te invito yo.
- Si- me limité a decir mientras ella se iba del bar algo apurada.
Nunca más volví a ver a Lydia, nunca más soñé con Laia.

domingo, 23 de enero de 2011

Requiem

Esperaba el perfume, ese bendito perfume, pero el perfume no llegó. Será de otro, como antes era de mis abrazos. Es ese pequeño bote que se aleja en el horizonte, el que me abandona con recelo. Se lleva en su lento viaje los momentos más dichosos de mi patética existencia, los lugares más coloridos que pudieron ver mis ojos, las horas más tiernas y los besos más profundos, las lágrimas más amargas y los sueños más nuestros. Se despide calmo en el movimiento de las olas, flota triste y se pierde. Serás de otro.Y nada ha disminuido, eso parece ser lo más perturbador. Lamento admitir que el único momento feliz de mis días, es cuando te recuerdo, y cada día te recuerdo más. Pero no soy más feliz. Y ese maldito bote que no quiere hundirse. No hay nostalgia más dura que esta. Tu nombre no aparece y el bote finalmente se está hundiendo.